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El pasado ya no existe, y si existe es solo como referencias de nuestras vivencias, de nuestros aciertos y errores. Si tuviera que elegir cosas del pasado que me pudieran ser útiles en el presente, serían los errores los que elegiría, porque de ellos es de lo que puedo aprender algo. De los aciertos solo me puede quedar la sensación de satisfacción. De los momentos muy buenos, no puedo sacar ninguna lección que me pueda servir ahora, porque las burbujas consiguieron nublarme el pensamiento. Lo que si tengo muy claro es que nunca me agarraré del pasado para vivir el presente. Prefiero agarrarme a la frase que dice “no miro para atrás ni para coger impulso”.
El futuro es tan relativo desde el punto de vista personal, que nadie está seguro de que ese futuro exista y que, en caso de existir sea a corto, a medio o a largo plazo. Otra cosa es entender el futuro con carácter general, que, evidentemente, si existe y espero que exista siempre, si antes no se lo carga el género humano.
El futuro personal, el que nos concierne a cada uno de forma individualizada, solo son meras expectativas de vida que todos tenemos. Pero esas expectativas son tan relativas como la vida misma. Un accidente, una enfermedad grave y fulminante o la propia decisión personal de no querer seguir en esta vida son causas objetivas que justifican la relatividad de las expectativas de vida.
Entre los especuladores de lo material, más concretamente del dinero, los banqueros son un buen ejemplo a la hora de valorar la relatividad de la vida cuando les solicitas un préstamo. Su concesión depende de la edad que tengas y de que no padezcas alguna enfermedad importante.
Sin el pasado ya no podemos vivirlo, ni tampoco tenemos la certeza del futuro, que nos permita posponer las vivencias del presente, es el ahora lo que realmente es importante en nuestras vidas. Me ha costado tiempo entenderlo así y durante años fui posponiendo muchas vivencias personales pensando que ya tendría tiempo en el futuro para vivirlas. Pero los años han pasado muy deprisa, tan deprisa que ni siquiera me he enterado muy bien de las cosas más personales de mi vida porque estaba enfrascado en el trabajo, en los compromisos y en las obligaciones.
En los últimos años de vida de mi padre y, especialmente, en los días más cercanos a su desaparición física de este mundo terrenal, me insistió mucho en que debía vivir porque él era consciente de que los años estaban pasando muy rápidamente en mi vida y yo no la estaba viviendo. Me hizo reflexionar mucho sobre ese tema y, cambiando el despacho de ubicación, conseguí, durante un periodo corto de tiempo, disponer de horarios libres para dedicármelo a mi mismo y a las personas que realmente me importaban. Pero las cosas buenas no suelen ser eternas y a mi me duró sólo nueve meses. Luego pasé cuatro largos e intensos años trabajando más que viviendo.
Ahora estoy en una etapa de cambios importantes y buscando un nuevo rumbo a mi vida. Pero más que pensando en el futuro, mi vida tiene sentido en el presente, en el día a día. Pienso que ver la luz cada nuevo día es una oportunidad única, y agradezco la suerte de emocionarme con la salida del sol en cada nuevo día o con la luna y las estrellas durante las noches, como si me hubieran concedido un privilegio, una bendición o un premio extraordinario.
Teniendo solo la certeza de que vivo el presente, me tomo la vida como si fuera una montaña rusa, en la que disfrutaré de las sensaciones de vivirla a distintas velocidades, según vaya subiendo, bajando o en llano.
Y todo será así mientras dure. Desde hace un largo tiempo viene rondando en mi cabeza que hasta la fecha he sido muy afortunado. He visto desaparecer a amigos y conocidos de mi generación e, incluso, más jóvenes que yo. Todo eso me ha permitido plantearme y aceptar que la muerte forma parte de la vida, que van inexorablemente cogidas de la mano. Para morir solo es preciso estar vivo. Un accidente, una enfermedad irreversible y fulminante o la propia decisión personal de poner fin a la presencia terrenal son causas suficientes que justifican la relatividad de la vida. Hablar de la muerte no es para mi un tabú, porque la tengo perfectamente asumida.
Ya no le tengo miedo a la muerte. Le tengo más miedo al dolor, porque creo que es inhumano. No me gustaría tener una muerte lenta y dolorosa. Me parece muy triste acabar así. Espero y deseo que la gente que tenga cerca de mi, que me quiera un poquito, llegado ese momento y si llega de esa forma, no permita que me mantengan unido a una máquina de forma innecesaria, ni que me hagan padecer dolor.
Mientras espero mi final, que llegará como a todo el mundo, sigo saboreando este bendito sol que tenemos en Canarias durante el día y estas noches tan maravillosas sembradas de estrellas y con la mágica luna por la que siento una especial atracción y complicidad.

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