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El laxo de unión que se establece entre una madre y un hijo, como quiera que se crea antes de que éste salga de seno materno, es para siempre. Así sucede con la mayoría de las relaciones madres-hijos y viceversa.

 

Por mi madre no sólo siento amor, yo siento adoración. Pero es que ese sentimiento mi madre se lo ha ganado a lo largo de toda su vida. Este sentimiento está generalizado en todos sus hijos, sus nietos y ahora también en sus bisnietos.

 

Cuando pienso en la muerte de cualquier otra madre me viene a la cabeza mi madre. Sé como la quiero e imagino la tremenda tristeza que me produciría su pérdida, aún sabiendo que es ley natural de la vida.

 

La vida y la muerte siempre van cogidas de la mano. La una justifica a la otra. No hay muerte si previamente no había vida. Sucede lo mismo con la luz y la oscuridad, que no es otra cosa que la ausencia de luz.

 

Aceptar la muerte es siempre difícil, y aceptar la muerte de una madre es aún más doloroso y complicado. Por eso he querido estar esta pasada semana al lado de algunos amigos que han perdido a sus madres. Compartir con ellos su dolor es lo único que podía hacer. En todos los casos esos amigos estaban ya resignados porque se trataron de muertes de madres a las que las secuelas de su vejez las habían ido apagando poco a poco, de manera que el paso no fue realmente de la luz a la oscuridad de forma instantánea. En el proceso fueron pasando de la claridad a la oscuridad por todas las fases o matices de la penumbra.

 

Con Teodoro Vega mantengo desde hace muchos años una relación de amistad nacida de nuestra común afición a las carreras de coches y a las retransmisiones radiofónicas. Teo es mi jefe de equipo en Motor Directo y es todo un lujo colaborar bajo su dirección y coordinación.

 

En esta pasada semana fallecía doña María Rodríguez Vega, madre de Teodoro y de sus cuatro hermanos. Recibí la noticia por un escueto mensaje a través del móvil en la mañana del lunes. Sobre la marcha llamé a mi amigo Teo para ampliar la noticia y no dudé ni un solo segundo en decidir acompañarle en el tanatorio junto a  su esposa Juana, sus hijos Tinguaro e Idaira, su sobrino Damián y al resto de familiares, como así hicimos muchos amigos que Teo se ha ido granjeando a lo largo de todos estos años. En la tarde del martes dábamos sepultura al cuerpo de su madre en el cementerio de San Mateo. Ella, su madre, seguirá dentro de todos ellos para siempre.

 

De vuelta al sur quise parar en el tanatorio de Santa Brígida para acompañar durante un rato a mi amigo, viejo conocido y uno de los pioneros del turismo del sur de la isla, Antonio Santana Miranda, dueño del restaurante pujante hace unos años llamado “El Alpendre del Amo – Casa Antonio”, que velaba el cuerpo de su esposa doña Eduarda Báez Arencibia, fallecida el día anterior. Allí conocí a algunos de sus hijos y hermanos, compartiendo con ellos estos tristes momentos de la despedida.

 

Estando aún en el centro-norte de la isla recibí un mensaje en el móvil que me envió mi hermana Loly desde Carrizal de Ingenio comunicándome la muerte, que ya esperaban por el estado de gravedad anunciado por los médicos, de doña Ana Santana Martín, madre, entre otros, de Tito, Carmen y María Agustina, que están muy unidos a mi hermana Loly y a su marido, y también hermano mío, Julián, por lazos de afectividad y parentesco desde hace muchísimos años. Con todos ellos, especialmente con Carmen, en mi caso, he compartido muchos momentos de las actividades del Colectivo “Atenea”, al que pertenece, en defensa de la igualdad de las mujeres. Sé de la generosidad y de la renuncia a todo por parte de Carmen, que dedicó sus últimos cinco años de su vida al cuidado de su madre y sé del vacío y del dolor de su pérdida.

 

No dudé en ir directamente al tanatorio del Carrizal de Ingenio a acompañar a toda la familia y muchísimos amigos durante todo el tiempo en que aún me quedaron fuerzas.

 

Despedir a una madre o esposa, en el caso de Antonio, es un trance muy duro cuando se ha estado unido a ellas durante toda una vida por el lazo del amor.

 

Acompañar a sus familiares en esos momentos dolorosos solo es una muestra de cariño y amistad sincera que ellos se han ganado a lo largo de los años.

 

Los que tenemos aún la suerte de tener a nuestras madres vivas, como es mi caso, sólo podemos congratularnos por ello y mimarlas y cuidarlas, llenándolas de amor y dedicándoles todos los momentos que podamos. Ellas, siempre generosas, nos han dado y nos darán todo lo que tienen. En mi caso y en el de mis hermanos y nuestras familias y descendencias siempre ha sido así y así será mientras viva entre nosotros.

 

Con estas palabras quiero homenajear, una vez más, a mi querida madre Ana, a las madres fallecidas esta semana a las que he velado con sus hijos y familiares en sus muertes y a todas las madres.

 

 

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