Al igual que la sociedad ha evolucionado y con ello las comunicaciones y la tecnología, se han venido sustituyendo los medios y los canales de comunicación entre las personas.
Hasta hace unos años era impensable poder saber qué estaba sucediendo en tiempo real en cualquier parte del mundo. Con el paso del tiempo la comunicación y la información se ha democratizado y popularizado.
Con la mejora y el abaratamiento de los medios de transporte (todas las variedades sobre carreteras, trenes, barcos y aviones) las distancias se han acortado en la medida que podemos llegar a más lugares, en menor tiempo y a precios más asequibles.
Primero con la radio, luego con las televisiones y finalmente con los teléfonos (especialmente los móviles) e Internet, podemos estar informados de forma inmediata sobre cualquier tema, suceso o acontecimiento que se produzca en cualquier parte del mundo.
Pues a pesar de todo eso, y tal vez también por todo eso, sigue existiendo mucha soledad. Siguiendo a los especialistas, consideramos que alguien está solo cuando no mantiene ningún tipo de comunicación con otras personas o cuando aún manteniendo comunicación y perteneciendo a un grupo social alguien percibe que sus relaciones sociales no le llenan y se siente aislado, como una gota de agua en un océano.
Dejando al margen la soledad deseada y buscada a propósito, que es la que se produce cuando alguien de forma voluntaria e intencionada, busca estar solo para disfrutar de ese espacio vital en el que puede hacer lo que le apetezca sin intromisiones o invasiones de ningún tipo, la soledad a la que quiero referirme es la que reúne estas características: la que resulta de relaciones sociales deficientes; la que alguien percibe subjetivamente al sentirse solo a pesar de estar rodeado de un grupo social (familia, trabajo, amigos, conocidos, etc.), y, en último lugar, la que implica para que la sufre una sensación tan desagradable que puede conducirle a la ansiedad, la angustia o la depresión.
La soledad así entendida es una experiencia o situación indeseada, un escalón previo a esas situaciones más graves que pueden acabar perfectamente en una depresión.
Cuando alguien que no estando sólo físicamente siente la sensación de aislamiento social, llega a esa percepción bien porque los medios de que dispone para relacionarse son escasos o porque sin serlo, las relaciones sociales son insatisfactorias o muy superficiales, y no le “dicen” nada, porque no se siente identificado.
Cuando hablamos de soledad bien podemos estar refiriéndonos a la soledad emocional, que no es otra que la percepción o convencimiento de que carecemos de otra persona que nos produzca algún tipo de satisfacción y nos aporte seguridad; o bien podemos estar hablando de la soledad social que es la ausencia de identificación con los intereses, valores, prioridades y preocupaciones del grupo al que pertenecemos, que conduce a que nos sintamos extraños a ese grupo.
La soledad emocional es tremendamente dolorosa y llegamos a ella en la mayoría de los casos de forma totalmente involuntaria. Podemos estar refiriéndonos, por poner algunos ejemplos, a la pérdida por muerte de alguien muy querido, a la separación de una pareja, a la necesidad de emigrar y alejarse del entorno familiar y social o a cualquier otra causa. Lo cierto es que podemos llegar a sentir ese vacío de la ausencia que nos puede llevar a sumirnos en la añoranza, la tristeza, la desesperanza, la ansiedad, la angustia, etc.
Pero si dolorosa es la sensación de la soledad emocional, no lo es menos la de quien, viendo en familia, apenas se comunica con el resto de sus miembros, la que siente quien se acoraza detrás de un muro virtual en el centro de trabajo sin establecer la más mínima comunicación con el resto de de compañeros a lo largo de las jornadas laborales o quien se muestra completamente al margen de los vecinos con los que convive. Este tipo de soledad está siendo muy habitual en nuestro tiempo.
Sea por un motivo u otro, lo cierto es que los inventos del móvil o de Internet, y dentro de éste los distintos chats y foros sociales, constituye una tabla de salvación para muchas personas que, bien aisladas físicamente, bien aisladas socialmente, pueden establecer vías de comunicación, muchas veces sólo en el campo de la ritualidad, con el resto del mundo y acabar conociendo a alguien con quien la empatía y la química le permite conseguir una comunicación que, de una u otra forma, le permite sustraerse de la soledad.
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