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Aunque ya hay sentencia que condena a Quique a la pena de veintiocho años por dos tentativas de asesinatos en la persona de Toñi Cabrera y de su hija Mª José, son muchos los episodios que sucedieron, que aún están colocándose en la memoria de las víctimas y que a mi, como compañero de fatiga de ambas hasta conseguir la reparación penal del daño que las hizo ese asesino, me permite ayudarlas a colocar todas y cada una de las piezas de este horroroso puzzle que desgraciadamente se vieron abocadas a vivir. La síntesis de los principales, pero no únicos, hechos que se enjuiciaron fueron los siguientes:

“La fatídica tarde de ese día 10 de octubre de 2006 marcó para siempre la vida de mi hija Mª José y la mía. Hoy sé que Quique había planificado conciente y concienzudamente el final de nuestras vidas. Recordé en la tarde del pasado día 5 de mayo, cuando finalizaba el juicio en el que se juzgaba a nuestro asesino, que el agujero donde nos metió Quique para acabar con nuestras vidas era el que usábamos como cuarto trastero para guardar los restos de material –latas de pintura, rodillos, disolventes, etc.- que usamos en el arreglo de la casa que acabábamos de acondicionar y en la que íbamos a vivir. Mi abogado me dijo que ya era tarde para hacer uso de esa información porque no se había hecho constatar antes y porque ya se habían practicado todas las pruebas del juicio.

Nuestra tortura y tragedia comenzó antes de las seis de la tarde de ese fatídico día. Recuerdo que estando los tres en la planta alta de la vivienda Quique me tiró sobre la cama y me puso un cuchillo en el cuello amenazándome con cortármelo, pero antes presenciaría como se lo haría a mi hija Mª José. La niña gritaba diciéndole que ella le quería, que no hiciera daño a su madre, agarrándole el brazo. El se la quitó de encima tirando de su cabello –le arrancó un mechón- y estampándola contra la pared. Inmediatamente se revolvió contra mi y comenzó a agredirme con puñetazos, patadas por todo el cuerpo e, incluso, me golpeó con el alargador del rodillo de pintar. Las consecuencias de todo ello fueron el traumatismo en mi brazo derecho, los hematomas por todo el cuerpo, como así lo atestiguó la enfermera del Hospital Insular que me atendió cuando me ingresaron allí, y en el caso de mi hija Mª José, consta en el historial médico y en la prueba pericial analizada por la Policía Científica.

A continuación nos roció baldeando sobre nosotras una lata de pintura blanca, que mezcló con gasolina (la pericial encontró gasolina en la sábana con la que más tarde nos secó en el baño) y nos obligó a bajar las escaleras hasta meternos y encerrarnos en el pequeño hueco que se encuentra debajo de la misma.

En ese hueco oscuro, acurrucadas, comenzó nuestro infierno mientras nos dijo que no íbamos a ver la luz. Recuerdo que aún era de día a pesar de estar ya en el mes de octubre. Le oímos realizar una llamada telefónica y nos comentó que a las seis vendría un tal Febles para ver qué hacían con nosotras. Mi madre declaró ante la Guardia Civil y ante la Juez de Instrucción que en la tarde de ese día había recibido la visita de dos hombres vestido de negro que preguntaron por mi. Hoy me pregunto si uno de ellos sería el tal Febles.

Lo siguiente que recordamos es que Quique abrió una rendija de la puerta del hueco en el que nos tenía encerrada y sin que pudiéramos abrirla por nuestra posición y porque la tenía apoyada por fuera, metió la manguera de la botella de gas de la cocina y comenzó a gasearnos mientras nos decía que “íbamos a dormir el sueño de Morfeo” y “que no era tan gilipollas de comerse una cárcel, lo más que se comía era un manicomio”. Esa situación duró bastante tiempo. Mientras, sentíamos como el gas nos ahogaba y nos quedábamos dormidos. Yo le insistía a mi hija que no se durmiera y que se tapara con las manos la nariz y la boca mientras yo hacía lo mismo. A veces la ayudaba a ella. Como él no dejaba de echarnos gas, con un dedo yo le taponaba todo lo que podía el extremo de la manguera y le pedía nos dejara salir y nos fumáramos juntos un cigarrillo para hablar y tranquilizarnos.

Esto hizo que reaccionara más violentamente y me dijera, “¿quieres fuego, puta?, pues verás”. Sacó la manguera y apretando el extremo con dos dedos hizo como un soplete, abrió de nuevo la rendija de la puerta y comenzó a quemar la espalda de mi hija que estaba recostada encima de mi. Inmediatamente fui yo la que puse mi espalda y metí a la niña por dentro, intentando que la llama de la manguera no la alcanzara. Fue así como yo alcancé las mayores quemaduras en mi brazo y costado derecho. Al estar abrazadas y al dirigir la llama directamente sobre nuestros cuerpos hizo que nos fuéramos quemando lentamente.

Detrás de la puerta percibí que había puesto un colchón para sentarse cómodamente mientras nos quemaba, porque al muy asesino se le hacía incómodo permanecer agachado tanto tiempo. Cuando creía que el fuego se había apagado sobre nuestros cuerpos, volvía una y otra vez con la llama. Así nos fue quemando durante horas. Me es imposible saber cuánto tiempo estuvimos en ese infierno.

Mis recuerdos tienen muchas lagunas y existen flases de forma que a veces me vienen episodios que sucedieron y a veces tengo lagunas, especialmente sobre si una cosa sucedió antes que otra o al revés. Las psicólogas que me han venido tratando y las psicólogas forenses que acudieron como peritos al juicio han asegurado que eso es lo normal y que nosotras recordáramos cada cosa con exactitud es lo anormal.

Recuerdo que cuando él lo decidió fue cuando nos sacó de allí, nos quitó el resto de la ropa y nos metió debajo de la ducha con agua fría. De ese episodio recuerdo especialmente los gritos de mi hija diciendo “mami, quema”.

Recuerdo que nos metió en el coche y nos amenazó que gritábamos nos mataría y que teníamos que decir que fue la explosión de una botella de gas cuando yo hacía café. Mis siguientes recuerdos fueron cuando paró en una farmacia para comprar una pomada y cuando abrí los ojos en Sevilla, en la Unidad de Quemados del Hospital Universitario Virgen del Rocío. Pero antes sucedieron otros hechos de los que tuve conocimiento mucho más tarde, cuando fui consciente de que conseguimos sobrevivir”.

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