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Conozco a Toñi Cabrera desde que nació. Conocí a sus abuelos maternos, a su madre y tíos maternos cuando aún éramos casi unos niños. Sé de sus sufrimientos, de la grandeza de su alma, de su entereza y de su sensibilidad. Por eso sé que lo que viene a continuación es el contenido de una larga carta (pesada carga) que Toñi Cabrera llevará para siempre grabada en su mente y en su alma, y de la que en esta última semana, con la celebración del juicio, de su juicio, sólo ha escrito su penúltima página. Espero que la sentencia que recaiga sea la última página para que, aunque marcadas física y psicológicamente, puedan mirar la vida que tienen por delante con más optimismo.

Me tocó vivir muchos de esos episodios en primer plano y sólo me limitaré a dar fe de ellos.

“Me llamo Toñi y mi hija se llama Mª José. Hoy tenemos 34 y 11 años respectivamente. El día 10 de octubre yo tenía 30 años y mi hija sólo tenía 7 años.

Yo me enamoré de Quique (Enrique) y al poco tiempo vino a convivir conmigo y con mi hija en el edificio en el que tenemos nuestras viviendas mi madre y dos de mis hermanos. Mª José nunca fue “santo de su devoción” de Quique.

Quique parecía una persona encantadora y enseguida se ganó la confianza de casi toda mi familia. Se prestó a tramitarnos préstamos hipotecando la vivienda familiar. En cuanto hubo dinero por medio comenzaron los problemas con mi familia. Con facilidad Quique perdía los papeles y amenazó y agredió a mis hermanos. Mi familia le echó de casa, pero yo, enamorada, le seguí a él. Las denuncias presentadas por mis hermanos acabaron condenando más tarde a Quique, pero en esos momentos, tarde ya desgraciadamente, pude descubrir quién era realmente Quique.

Después de poco más de un mes en casa de unas amigas y una vez que mi familia me transfirió el dinero que me correspondía, alquilamos una vivienda que casi se convierte en la tumba de Mª José y mía.

Antes de irnos a vivir a esa vivienda de dos plantas en la calle Zaragoza de Ingenio nos dedicamos a pintarla y acondicionarla.

Quique siempre tuvo mucho apego a “administrar” el dinero ajeno, ya lo había hecho con seis mil y dieciocho mil euros de dos de mis hermanos y también quiso administrar los quince mil euros que yo tenía en mi cuenta corriente. Ideo y tramitó la solicitud de una póliza de crédito de cuarenta mil euros que yo debería suscribir firmando unas nóminas que él se encargaría de falsificar, ofreciendo como garantía el dinero que yo tenía en mi cuenta corriente.

El domingo día 8 de octubre de 2006 comenzó para mi el suplicio de insultos, amenazas de muerte y golpes por negarme a suscribir esa póliza de crédito. Por la noche cambió de táctica y pasó al chantaje emocional diciéndome que por mi culpa se había intentado suicidar tomando un bote de barbitúricos y, para poder tener testigos, también lo gritó en la calle para que los vecinos le oyeran.

Sabiendo que existía el 1-1-2 llamó a una ambulancia para que viniera a socorrerle y en ella acudimos al Hospital Insular. Poco tiempo después nos devolvieron a casa y nunca supe si fue verdad o no la ingesta de barbitúricos. Lo que sí supe y sufrí fue el infierno que eso me supuso durante todo el lunes día 9 de octubre de 2006, con insultos, amenazas de muerte y chantaje emocional, haciéndome culpable de su supuesto intento de suicidio, todo ello por mi negativa a suscribir la dichosa póliza de crédito.

El martes día 10 de octubre de 2006, día trágico en mi vida y en la de mi hija, Quique se levantó muy raro. Curiosamente ese día no hubo amenazas pero sí descubrí una mirada muy rara que me asustó y llamé telefónicamente a la amiga que me cobijó en su casa.

Al mediodía recibí esa visita acompañada de su madre. Presenciaron el comportamiento de un ser extraño para ellas, con sus insultos y su permanente insistencia de hacerme culpable de su supuesto intento de suicidio. La visita nos abandonó pasada las tres de la tarde. A las cuatro el ambiente estaba tan hostil en casa que llamé por teléfono desesperadamente a esa amiga para que volviera a casa. A Mª José la mandé a jugar a la calle porque no quería que presenciara el infierno que vivía en casa. La niña, desgraciadamente para ella, volvió enseguida porque no encontró amigos en la calle con quienes jugar.

Quique me quitó el móvil y lo hizo mil pedazos contra el suelo. Me aisló intencionadamente. Hoy sé que desde su móvil envió un mensaje a mi amiga que sobre las cinco de la tarde ya estaba junto con su madre cerca de nuestra casa, para que no vinieran porque la situación se había puesto muy complicada. También hoy sé que mi amiga estuvo toda la tarde de ese día y toda la mañana del siguiente llamando a mi móvil, lógicamente sin ningún resultado”.

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