Tengo un amigo médico que un día me hizo una afirmación que me sorprendió. Me dijo: “el cuerpo humano es tan resistente que para someterlo tienes que darle martillazos”.
Sé que con esa frase estaba haciendo un símil o comparación con la fortaleza innata del cuerpo humano. Él, como médico, sabe mejor que nadie hasta que punto es cierto eso.
Claro está que toda regla tiene sus excepciones. Y en lo que concierne a la salud, frente a la gran mayoría de las personas que hemos tenido la suerte de nacer y criarnos sanos, tenemos también a los que por desgracia no han nacido y tenido la fortuna de tener la salud como aliada.
No somos mejores las personas que estamos sanos frente a los que no tienen esa suerte. Por el contrario, muchas personas enfermas nos dan lecciones de entereza, de dignidad y de humildad que nos hacen sonrojarnos de vergüenza.
Experiencias de ese tipo las he vivido durante toda mi vida y en todos los casos he sido yo quien tenía que bajar la cabeza y admirar a la persona que tenía delante de mi, desde auténticos desconocidos hasta familiares muy queridos por mi.
De todas las experiencias vividas, las que más hicieron que me sintiera ridículo y mezquino fueron las vividas en oncología, cuando acudía allí con mi padre a las sesiones de quimioterapia.
No sólo mi padre me enseñó lo que significaba la palabra entereza y dignidad a la hora de llevar una grave enfermedad que acabó con su vida, sino que compartiendo con él visitas a oncología pude ver y aceptar lo mezquino que yo podría ser si me ocurría quejarme de cualquier dolor, por muy agudo que fuera de manera puntual, puesto que estaba en presencia de personas, de todas las edades y condiciones, que como única salida tenían la esperanza de que el tratamiento que recibían frenara los cánceres que padecían o que, simplemente, pudieran alargar un poco más sus vidas durante unos pocos meses o semanas, como sucedió con muchas de las personas que pude conocer en las largas horas pasadas en oncología. En muchas caras leí, y a veces oí, lo felices que eran por el simple hecho de poder ver el sol cada nuevo día.
Todas esas vivencias me han hecho poner los pies en el suelo y entender y aceptar que la salud es la primera prioridad de mi vida. Valoro la suerte de poder abrir los ojos cada nuevo día y comprobar que estoy vivo porque la luz del sol así lo atestigua.
Tener todos los sentidos activos en temas como el de la salud me permite valorar su importancia y comprobar, como es el caso que deseo comentar, disponer de salud es toda una suerte y una bendición.
Cuando alguien que nació y vivió sano, en este caso una mujer que cuando tenía tan solo treinta y cuatro años sufrió un accidente laboral (una caída en el trabajo, sin que estuviera asegurada y a la que tramitaron la invalidez como si se tratara de un accidente no laboral) que si bien no la dejó, afortunadamente en silla de ruedas, si produjo en ella tales lesiones en su columna vertebral que hoy, cuatro años más tarde, tiene lo que podríamos definir como una “columna de cristal”, debiendo moverse con un rígido corsé que la impide mantener una vida normal. De por vida debe convivir con secuelas muy dolorosas que la impiden llevar una vida normal, ya esté sentada, acostada o de pie. La sola bipedestación es dolorosa y, lógicamente, la impiden moverse por un suelo que no sea llano.
Reflejar esas lesiones tienen como objetivo dejar constancia de las lesiones y secuelas que marcan la vida de una persona, en este caso, de una mujer joven, que estará condicionada para el resto de sus días por las consecuencias de un desafortunado accidente cuando era, hasta ese momento, una persona sana y con toda las expectativas de una vida normal por delante.
Ahora, que aún es joven y fuerte en lo que se refiere al resto de su salud, intenta ser todo lo independiente y autosuficiente que puede y que las secuelas que padece permiten que lo sea. Con el paso de los años, en los que el deterioro de la salud se irá acusando (como nos sucede a todas las personas), sus secuelas serán más agudas y ese panorama no la augura un futuro halagüeño. Todo ese escenario negativo lo compensa con su jovialidad, vitalidad y entusiasmo y, especialmente, con el amor de una madre que siempre está pendiente de ella, siendo su mejor aliada, amiga y compañera.
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