Sentirse privilegiado por algo es una verdadera suerte. No hay muchas ocasiones en las que uno pueda sentirse un verdadero privilegiado y cuando se tiene esa suerte hay que saborearla.
Sinceramente soy incapaz de saber la cantidad de matices o de tonos que existen entre el color rojo y el color amarillo, pero son miles… millones tal vez. Hoy, durante el atardecer, los he sentido todos y desde un lugar más que privilegiado.
En mi isla de Gran Canaria hay un pueblo privilegiado por el clima, por su ubicación geográfica, un lugar donde se cogen de la mano el cielo azul con el mar más tranquilo de la isla y con unas vistas increíbles. Ese pueblo se llama Arguineguín.
Arguineguín es un pueblo originariamente marinero y agricultor. Más tarde apareció la industria cementera y el comercio en torno a esas tres actividades.
Con el desarrollo turístico a partir de la década de los años sesenta, Arguineguín quedó a mitad de camino entre los dos núcleos turísticos más importante de la isla.
Arguineguín apenas tiene días malos a lo largo del año. El viento apenas se siente nunca. Las horas de sol son eternas. El mar azul que acaricia las orillas de sus playas y su litoral es una constante. El celeste del cielo es su color natural casi todos los días del año. Y a todo eso se suma que el sol ha desatado toda su complicidad con Arguineguín, desde que asoma allá al fondo, en dirección a la capital, saliendo del mar y desplegando todo su esplendor a lo largo del día, como cuando pasa por encima hasta ir a acurrucarse en los brazos del Teide, allá al fondo, en el lado contrario de donde nace cada mañana.
Si los amaneceres son preciosos, los atardeceres de Arguineguín simplemente son mágicos. En esos momentos el sol estalla en mil colores y se reparte en formas caprichosas, horizontales, onduladas…. de todos los tonos posibles anaranjados. El cielo cambia radicalmente de color y todo se vuelve de tonos y matices anaranjados… tenues… intensos… increíblemente bellos.
Cuando el sol se acuesta detrás del Teide, allá al fondo, de Arguineguín se apoderan la luna en todas sus formas, con todo su travestismo, y un millón de estrellas que con sus guiños de complicidad despliegan todo su encanto.
Todas esas sensaciones las he podido vivir siempre, desde que era un niño. Esas sensaciones y emociones me embargan con reiterada frecuencia. Hoy las comparto con todos.
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