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A lo largo de cada día suceden tantas cosas a mi alrededor que me completamente imposible sustraerme a ellas. Entre tantas vicisitudes diarias unas toman mayor importancia que otras, pero todas entran a formar parte de mi vida.

No voy a negar, ni deseo hacerlo, que genéticamente disfruto de una manifiesta capacidad de emocionarme o de que muchas cosas que me tocan vivir cada día puedan llegar a emocionarme. Pienso que esa evidente, para los que me conocen, capacidad de emocionarme me permite alejarme diametralmente de convertirme en una máquina o un robot.

Cuando acaba cada día me gusta tener un poco de tiempo para reflexionar sobre lo que me ha tocado vivir y cuando tengo pendiente para la siguiente jornada asuntos que sean importantes o prioritarios, esas nuevas preocupaciones se apoderan al poco tiempo de ese espacio de reflexión obligándome a pasar página de lo ya vivido.

En resumen, ese suele ser el día a día de mi vida de forma casi habitual. Pero no siempre sucede así. A veces ocurren pequeños hechos que hacen que pare en seco porque me capto algo que para mi es excepcional. Eso no significa que no sea algo habitual que esté ocurriendo siempre o algo a lo que den la misma importancia la gente que me rodea. Pero cuando a mi me impacta algo ya no puedo sustraerme hasta soltarla y “liberarme” de ello escribiendo sobre lo que me impactó.

El proceso sueles ser casi siempre el mismo: primero capto algo que me impacta (que puede ser cualquier cosa, hasta algo casi imperceptible o “insignificante”: la sonrisa de un niño, la mirada de soledad de una persona, la limitación de otra persona para valerse por si misma); luego se produce una ebullición en mi cabeza que llega a dominarme y atosigarme, como si necesitara echarla fuera y, lo consigo, al menos noto esa liberación cuando me atrevo a escribir sobre las sensaciones que todo ello me produce.

Ayer fue un día de emociones. Asistí en directo a presenciar el encuentro de lucha canaria que se celebró en Las Huesas (Telde) con motivo del Día de Canarias. En ese acontecimiento deportivo me encontré con gente de todo tipo y condición: desde el aficionado más anónimo hasta el propio Presidente del Gobierno de Canarias. De esas casi tres horas que estuve allí lo que más emocionó fue las lágrimas de la viuda del inolvidable y recordado Amado Díaz Guillén, un movilizador social, a quien tuve el honor de conocer y tratar y del que guardo un gran recuerdo, que ayer, previo a la luchada, dio nombre al terrero de lucha de Las Huesas.

Sin embargo, ese no fue el hito que realmente hizo que ayer quede grabado en mi memoria y en mi corazón. Después del encuentro de lucha acudí a comer con la familia de uno de mis hermanos a un restaurante situado al lado del domicilio de otra querida hermana.

Cuando acabamos de comer fuimos a visitarla y allí estaba ella, generosa como siempre, preparando el local bajo de su vivienda para la celebración de una primera comunión de uno de sus sobrinos y me quedé ayudarla.

Conocí allí, durante unas horas, la triste cara de los estragos que hace el Alzheimer en una persona, que en otro tiempo fue fuerte, lúcida y sana, con personalidad y carácter. Ahora, ya mayor, está sufriendo esa destrucción neurodegenerativa, siendo muy evidente las secuelas a pesar de que en algún momento pude compartir con ella momentos de lucidez.

Para las personas que tenemos muy agudizados los conceptos de amor familiar, ver como se deteriora tan alarmantemente la salud, en este caso especialmente la salud mental de un ser querido, es el mejor ejemplo de la impotencia y las limitaciones que tenemos como personas, porque apenas nada podemos hacer para remediar ese deterioro progresivo.

El amor filial que puede sentirse por una madre es una clara muestra de amor incondicional e incuestionable. Pero no todos los hijos son capaces de sentirlo así porque el egoísmo y el egocentrismo hacen acto de presencia en ocasiones y llevan a muchos hijos al olvido del amor maternal, generoso y desprendido, que recibieron en otros momentos de la persona que ahora les necesita y que depende de ellos.

Las dos caras de hijos así, la del amor generoso y la del egoísmo y olvido, las descubrí asociada ayer a esa persona a la que el Alzheimer se está comiendo en vida.

Frente a los hijos que ya nada quieren saber de su madre descubrí la tristeza de los ojos de la hija, que haciendo el mayor ejercicio del amor y la generosidad personal, se ha olvidado de que también está en este mundo para vivir su propia existencia y se ha entregado, en cuerpo y alma, a cuidar de su madre, renunciando a todo; y cuando digo a todo me refiero a todo.

Pudiendo tener vida propia, ha renunciado a tenerla. Pudiendo tener trabajo y recursos propios, ha renunciado a ellos. Ha renunciado a todo, ha dejado todo atrás, para dedicar su vida al cuidado de su madre, las veinticuatros horas del día de los trescientos sesenta días del año. Pasa estrecheces económicas, desconsuelos, tristezas, soledad… pero no tiene la menor duda de que su puesto en la vida es el que ahora está ocupando. Ante tanto amor y generosidad solo puedo sentir sorpresa, admiración y reconocimiento público, que hago aquí y dejo constancia de ello.

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